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Casona de Hualfín

Casona de Hualfin

Su edificación fue encomendada por doña María de Medina y Montalvo allá por los años 1700. Inquieta y perseverante contrató arquitectos chilenos para el diseño de la capilla y la casa, que conforman una unidad arquitectónica de singulares características. Originalmente la sala tenía más de veinticinco habitaciones y dependencias.

Viajeros que pasaron por la zona admiraron su belleza, entre ellos el conocido escritor y folclorólogo César Carrizo se refirió a ella como “la vieja hacienda” y completa su descripción: “El solar de piedra y adobe, se yergue por cima de huertos, jardines y sementeras. Y todo este rincón de las hadas y de los dioses amparado está por dos contrafuertes de los Andes, el Alto y el Cerro Colorado.

Nada como el panorama de Hualfín donde a la nieve de las cumbres sucede el cobalto de la sierra, la gama del verde en el bajo, y el arco iris que forma la luz al reflejarse en los manantiales, y así como el paisaje, el clima, el aire…”.

Continúa su extenso relato: “Tiene cornizones y almenas para defensa como un castillo feudal; y en medio un ancho patio árabe con sus canteros de nardo, jazmines, albahacas y diamelas. Tiene además puertas y salidas estratégicas para ponerse a salvo en caso de peligro; y adentro en las alcobas, estrados a la usanza oriental, alfombrados de ‘chuses’ y cojines de damasco para las horas de sosiego…”.

También la visitaron destacados músicos y poetas como Gustavo “Cuchi” Leguizamón y Jaime Dávalos, parientes y amigos del entonces propietario don Jorge Leguizamón Dávalos. Fue en sus patios donde dieron vida a la conocida Zamba de los mineros, una de las dos creaciones que ambos genios alumbraron.

No solo ellos, sino también gobernadores y funcionarios de la provincia de Catamarca se dieron cita junto con célebres músicos, como fueron “Los Chalchaleros”, con Ricardo Federico “Dicky” Dávalos y Juan Carlos Saravia.

La morada fue evolucionando con el tiempo. Desapareció el estrado dando paso a techos de yeso y cañizo. Los pisos de tierra apisonada fueron reemplazados por el novedoso cemento Portland revestido de lujosos tapices.

Las paredes se vistieron con papeles decorados con hilos de oro que acompañaban la suntuosidad de la platería. Un novedoso sistema de arietes, aconsejado por el ingeniero salteño Alfonso Peralta, elevaba el agua hacia una cisterna construida al costado de la loma de enfrente, despertando la admiración de los pueblos aledaños al proveer de agua corriente a la casona de la propiedad.

La casa fue testigo del paso del general Juan Galo de Lavalle viniendo desde La Rioja, después de la batalla de Quebracho Herrado, junto con su enamorada Dolores Sotomayor, a la postre mujer del jefe de la Liga del Norte, Tomás Brizuela, alias el Zarco. Se alojó en casa de los Leguizamón mientras el resto de la tropa lo hacía en las llamadas “casas viejas”, la primera residencia familiar. El anfitrión, el sargento mayor Felipe Santiago Leguizamón y Ruiz de Gauna, y su mujer, doña Gualberta de Llano Moreno, cortésmente se trasladaron a su estancia Las Cuevas.

Al retirarse el general hacia su destino final, guiado por el baqueano Alico, reza en la capilla de la finca junto con el general Juan Esteban Pedernera y Félix Frías, no sin antes corresponder Lavalle a la hidalguía de los dueños de casa obsequiándole la famosa espada de Riobamba. Don Felipe Leguizamón y Ruiz de Gauna era federal por convicción y no por lealtad a Rosas. Numerosas anécdotas ensalzan esta historia.

La energía eléctrica

El motor fue adquirido por el entonces propietario don Carlos Alberto Saravia Zerdán, casado con la heredera del fundo doña Hortensia Leguizamón Dávalos. El eterno afán de progreso llevó a don Carlos Saravia a comprar el motor Deutz Otto Legítimo de la Compañía Argentina de Motores que suministraba luz a un pueblo de Córdoba, que abastecía a cinco mil luminarias de un pueblo rural. Antiguamente la iluminación de la casona se llevaba a cabo con velas de cebo. Más tarde evolucionó con las lámparas de kerosene para dar paso al farol radiosol.

Sorprende su tamaño, guarecido en un extenso galpón se conserva intacto luciendo orgulloso una segunda placa que dice: “Motorenfabrik Deutz Akliengesollchoff 3211 Köln-Deutz”. Proveía de energía eléctrica no solo a la extensa propiedad, sino a su parque y a las camineras entre las distintas parcelas de viñedos. Las casas de los trabajadores también recibían este beneficio, acorde al pensamiento benefactor de sus patrones.

Era realmente una fiesta cuando el gran motor iniciaba su trabajo desde las diecinueve hasta pasadas las veintitrés. El estruendo que producía al encenderse hacía oír a la lejanía la potencia de su rueda gigantesca, lo que permitía realizar labores en el campo cuando el sol se ponía.

La instalación del equipo fue llevada a cabo por técnicos provenientes de la fábrica Otto Deutz que aún insisten en su compra, ya que solamente viven dos en el mundo para solaz y orgullo de la firma. Lo solicitan a fin de engalanar su museo, pero el actual propietario de la familia ha decidido que el mismo tenga su lugar en uno propio de esta finca.

Refieren los transportistas las peligrosas maniobras que debieron efectuar para la consecución de su cometido. Los lugareños a menudo efectuaban visitas a un cerro próximo para contemplar este magnífico punto ígneo que como un diamante parecía competir con el lucero de la noche, pues entrando y saliendo del valle solo existía la negrura de la oscuridad.

Lamentablemente, su propietario no pudo asistir a su puesta en marcha; su corazón fue incapaz de resistir el esfuerzo de tamaña obra.

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